Autor Tema: LECTURA DEL MES - ENERO  (Leído 815 veces)

AdminMiradaGlobal

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LECTURA DEL MES - ENERO
« en: 30 de Enero de 2018, 11:05:51 pm »
Comenzamos el año leyendo “La Peste”, de Albert Camus. Nos parece interesante iniciar este artículo con un comentario sobre el lugar donde se sitúa la acción, Orán, recién terminada la Segunda Guerra Mundial. El retrato que contemplamos no es atractivo, la ciudad parece un instrumento del que servirse para comerciar y malvivir, sometida a un clima asfixiante que solo en invierno da respiro, carente belleza y que sus habitantes no aprecian, se diría que es un sitio para sufrir, sin alma. El calor sofocante convierte la existencia en miserable, asfixia la vida, siendo las condiciones tan agresivas que parece que sólo puede aspirarse a la supervivencia, que no se puede alcanzar la felicidad. Podría aventurarse que hay una razón literaria para pintar este cuadro de la ciudad, y sería interesante ahondar en el tema. 

Orán es una alegoría del mundo y en “La Peste” cabe el mundo. El peso intelectual de la obra es tan grande, que más allá de una novela se diría que es una lección moral, un instrumento para pensar la condición humana, la sociedad y el lugar que el hombre ocupa en ella; un libro para despertar. De entre las enseñanzas que se desprenden de la ficción, sobresale una lección de humanidad. La extrema crudeza con que Camus narra las consecuencias y el horror generado por la enfermedad, conduce a los personajes, sensibilizados, a actuar empujados por su lado humano, el dolor de nuestros semejantes nos humaniza y estimula a actuar, y actuar en la peste es luchar, nos sitúa ante la realidad al demostrar que el enemigo está ante nosotros y no hay escapatoria: hay que luchar aunque esa lucha no sea La Respuesta, luchar no significa alcanzar el cielo, puede suponer la pérdida de nuestro particular mundo feliz, una pérdida a la que nos autocondenamos y parece alejarnos de la felicidad. Solo es cierto en apariencia, en su superficie, porque aprendemos que la felicidad son islas que la Providencia nos permite visitar, descansos del guerrero con una cualidad valiosa para el hombre que crece: son reales. Luchar es un deber, como sentir es lo que nos hace humanos, porque en qué se convierten los que aprovechan la peste, los que ignoran el sufrimiento extremo de la víctimas, víctimas, puesto que el autor los nombra como asesinados.

El dolor humaniza de manera natural, y cuando reaccionamos lo hacemos según lo que somos. Se produce una evolución en esta reacción ante la tragedia, en principio los personajes mantienen sus principios y creencias, siendo Paneloux el caso más extremo, pues pasa del sermón de la amenaza y el miedo, del reproche y la condescendencia hacia el rebaño pecador, responsable en última instancia de la peste, pues el buen dios manda el azote divino para hacerles retomar el camino recto, pasa del sermón de la sumisión, al desconcierto vital que lo termina matando; queda clara la postura de la iglesia y la crítica implícita por parte del autor. Rambert quiere huir porque su felicidad radica en su unión con la mujer que ama, cuando huyendo la liberación es imposible: sólo alcanzaremos la libertad enfrentando la peste, y Tarrou, que necesita encontrar la paz interior, asume que en Oran y en ese momento el camino hacia sí mismo se encuentra en su colaboración con Rieux, que sobresale de entre todos ellos: tiene una función que cumplir y un grave problema personal, pero por encima de cualquier cuestión cumple con su obligación. Rieux hace su trabajo, reconoce tener miedo pero asume que todo es secundario ante la enormidad de la peste, no piensa en el dios en quien no cree, no critica la insolidaridad, no juzga, solo hace el Bien.

La peste es la crisis permanente del hombre en el mundo, todo lo abarca lo veamos o no, y actuemos o no, hará caer tarde o temprano el castillo de naipes donde creamos una isla de comodidad que presumimos estable, erróneamente pues la peste nos encarcela y tortura, porque sus caras son la guerra, la opresión, la pobreza y el hambre. Nos obliga a plantearnos la injusticia de la vida, caldo de cultivo del Mal, un adversario temible porque es parte de nosotros, un adversario que nos derrotará si cerramos los ojos, nos adaptamos, malvivimos, y damos la espalda a nuestros semejantes; en otras palabras, no luchamos. Para Camus, no es un cambio en la escala de valores lo que rebaja nuestra humanidad, sino el incumplimiento de nuestro deber moral: luchar contra la peste porque la peste es el Mal y el Mal es La Realidad.

¿Cómo luchar y vencer? Luchamos desterrando la ignorancia, haciendo nuestro oficio como Rieux, o reconociendo que el Mal existe y actuando, como Rambert. Como no hay una isla en la peste y no podemos huir, como eludir el enfrentamiento nos conduce a la destrucción, no podemos evitar un combate al que vamos sabiendo que no podemos vencer, pero comprendiendo que hay una victoria, pírrica, que pasa por tomar conciencia. El Mal, en sus formas de desigualdad, ignorancia, insolidaridad, egoísmo, puede acabar con el hombre: abrid los ojos, grita Camus, ya existe La Bomba, ya se ha asesinado industrialmente, nos amenazan los totalitarismos, y no podemos vencer pero podemos evitar la derrota: el Mal no puede doblegarnos mientras nos opongamos conscientemente a él, lo que paradójicamente lo convierte en una herramienta del Bien, porque sólo hundidos en la desgracia vemos, solo en la desgracia aceptamos y solo ante la adversidad demostramos nuestro auténtico valor, con el que creamos y mantenemos un equilibrio permanentemente inestable que es tabla de salvación, castillo inexpugnable contra el Mal y señal que nos conduce a La Verdad: que el hombre ha sobrevivido y evolucionado a lo largo de la historia encaminándose hacia El Bien.

Debemos permanecer vigilantes y no bajar los brazos, porque la peste permanece latente, nos recuerda Camus, es indestructible y el hombre no lo es, pero es invencible mientras no ceda ante ella.